En el corazón amurallado de Ávila, donde las piedras centenarias guardan secretos de caballeros y santos, existe un templo gastronómico que ha sobrevivido al paso del tiempo como las propias murallas que rodean la ciudad: El Tostón de Oro. Fundado en 1975 por Domingo Hernández, este establecimiento celebra en 2025 su medio siglo de existencia, manteniendo viva la llama de una de las tradiciones culinarias más emblemáticas de Castilla: el cochinillo asado.
Un legado de cinco décadas
Cuando uno cruza el umbral de El Tostón de Oro, el aroma inconfundible a leña y carne asada evoca instantáneamente memorias ancestrales. Las paredes, adornadas con fotografías en sepia de los primeros años del restaurante, cuentan silenciosamente la historia de tres generaciones dedicadas a perfeccionar el arte del asado tradicional castellano.
«Mi abuelo siempre decía que el secreto está en respetar los tiempos y en conocer el horno como a la palma de tu mano», explica Miguel Hernández, nieto del fundador y actual chef principal. «Cada cochinillo tiene su propio carácter, y hay que saber interpretarlo».
La tradición en tiempos modernos
En una época donde la gastronomía se reinventa constantemente bajo nuevas tendencias y fusiones, El Tostón de Oro ha mantenido su esencia con una obstinación casi religiosa. El cochinillo sigue asándose en hornos de barro alimentados con leña de encina, siguiendo el método que los antepasados de estas tierras utilizaban siglos atrás.
Sin embargo, algunas concesiones a la modernidad han sido inevitables. «Ahora seleccionamos cochinillos de productores locales que garantizan prácticas sostenibles y bienestar animal», señala Miguel. «El respeto por el producto comienza mucho antes de que llegue a nuestra cocina».
El ritual del corte
Para los comensales nuevos, presenciar el ritual del corte del cochinillo es parte fundamental de la experiencia. Con la misma ceremonia que hace cinco décadas, el cochinillo perfectamente dorado se presenta ante los comensales antes de ser cortado con el borde de un plato de cerámica, demostrando así su perfecta textura: crujiente por fuera, tierna y jugosa por dentro.
«Este gesto no es teatralidad vacía», insiste María Hernández, hermana de Miguel y responsable de sala. «Es la prueba visible de que hemos logrado lo que buscamos: una piel que cruje como cristal y una carne tan tierna que no necesita cuchillo».
Críticas y competencia
A pesar de su prestigio histórico, El Tostón de Oro ha enfrentado en los últimos años una creciente competencia. Nuevos establecimientos en la ciudad y la región han modernizado la presentación del cochinillo, incorporando elementos contemporáneos que atraen a un público más joven.
Los críticos gastronómicos se dividen. Algunos, como Fernando Morales de la revista «Sabores de España», consideran que «El Tostón de Oro representa la autenticidad insobornable, el último bastión de la tradición pura». Otros, como la influyente bloguera culinaria Elena Vázquez, opinan que «les falta evolución para conectar con los paladares contemporáneos».
La opinión de los comensales
Al final, son los comensales quienes tienen la última palabra. José Luis Sánchez, abulense de 72 años, lleva frecuentando el restaurante desde su apertura: «He probado cochinillos en toda Castilla, pero ninguno mantiene la consistencia de El Tostón de Oro. Es como volver a la infancia con cada bocado».
Por otro lado, Laura Gómez, turista madrileña de 35 años, ofrece una perspectiva diferente: «Está buenísimo, no lo niego, pero esperaba algo más sorprendente por su fama. Quizás nos hemos acostumbrado a experiencias más elaboradas».
¿El mejor después de 50 años?
Tras cinco décadas, la pregunta persiste: ¿sigue siendo El Tostón de Oro el mejor lugar para degustar cochinillo en Ávila? La respuesta, como en todo lo relacionado con la gastronomía, es subjetiva. Lo que permanece indiscutible es su contribución a la preservación de un patrimonio culinario que va más allá de la cocina.
En palabras de Miguel Hernández: «No aspiramos a ser los mejores para todos, sino a mantener viva una tradición que forma parte del alma de Ávila. Cada cochinillo que sale de nuestro horno es un pedazo de historia que compartimos con quienes se sientan a nuestra mesa».
Y así, mientras las murallas de Ávila siguen vigilando el paso del tiempo, El Tostón de Oro continúa su labor, horneando no solo cochinillos, sino también recuerdos y experiencias que trascienden generaciones. Cincuenta años después, quizás la verdadera pregunta no sea si sigue siendo el mejor, sino cómo ha logrado mantenerse fiel a sí mismo en un mundo gastronómico en constante revolución.